EL GRITO DE DIOS
Por Andrés Uriel Gallego H.
Mucho se ha escrito sobre la muerte de Jesús. Todos la atribuyen a los efectos fisiológicos provocados por la flagelación, la pérdida de sangre, los efectos múltiples de la crucifixión, la fatiga, la vigilia. Creo, con fe, que fue necesario mucho más que ello para doblegar en tan corto tiempo, unas cinco horas de cruz, al cuerpo fuerte de Jesús acostumbrado al ejercicio, al trabajo y al ayuno.
Jesús tuvo sentimientos y emociones, como cualquier mortal. Disfrutaba con moderación y alegría el vino, lloraba de tristeza, se enojaba con los blasfemos, fustigaba a los hipócritas, bendecía a los humildes, confrontaba a los sabios, amaba a los inocentes.
Se conoce bien que la intensidad de las emociones y los sentimientos está en proporción a la sensibilidad y al desarrollo del espíritu, al grado de percepción, a la naturaleza del sentimiento. Jesús fue una paradoja sublime, pues tenía cuerpo de hombre y espíritu de Dios. Como humano, estaba capacitado para resistir las emociones en magnitud limitada; como Dios, tenía la magnitud ilimitada de los sentimientos, que podían pulverizar la resistencia humana. Sólo la serenidad perfecta de su espíritu, que controlaba el nivel emocional, impedía la explosión de su cuerpo material, de por sí milagroso en su capacidad física.
Pero Jesús se hizo hombre para que con su sacrificio se pagara nuestra redención. En la noche de la pasión se desencadenó la tortura espiritual, que sufriría su corazón; en el Huerto de los Olivos, alcanzó su tristeza tal intensidad, que ocurrió el primer desarreglo fisiológico: sudó sangre. El cáliz de la amargura fue rebosado con las culpas de todas las generaciones de hombres y mujeres, con todas las abominaciones, lacras e ingratitudes de todas las vidas de la creación. Tal copa debió beber este hombre que tenía la naturaleza de Dios.
Con todo, su espíritu se serenó, su cuerpo se sobrepuso a la angustia infinita. Se sometió entonces al padecimiento, a la vigilia, al juicio, a la tortura, al desprecio; sufrió vejaciones, abandono, traición, crucifixión infamante. El cuerpo del Cristo sufría y soportaba con valor lo físico, pero llegaba al límite por la excesiva intensidad de lo espiritual.
Crecía la tarde del Viernes Santo en el Gólgota. En la cruz, Jesús sufría en su cuerpo y en su alma. La sangre escapaba en hilos desde las sienes atravesadas por las espinas, desde las perforaciones de manos y de pies, desde las heridas de piel y músculos causados por las puntas de los flagelos. Las coyunturas del Cristo estaban desgarradas, entumecidos los miembros, resecos por la sed los labios y la garganta; irritados los ojos por la sangre, el sudor, el polvo y los salivazos. La espalda destrozada, al rozar con la cruz aumentaba el suplicio. La respiración era una tortura en cada inhalación, que requería toda su voluntad para izar el cuerpo halando sus brazos clavados a la cruz y empujando con sus piernas apoyadas en las heridas de los clavos. Se podía identificar cada uno de sus huesos. Aún así, tuvo amor para perdonar a los que lo injuriaban, redimir al ladrón, unir a madre y discípulo.
El ayuno, el dolor, la anemia progresiva, el entumecimiento, la dificultad respiratoria, la exposición de las heridas, aniquilaban su cuerpo. Sobrevino la sed de la agonía por la fiebre y la deshidratación . Fue tan intensa, que lo expresaron así sus labios, como única referencia a su sufrimiento.
Aunque pocas veces los cristianos meditamos en ello, el mayor sufrimiento del Cristo era espiritual, interno. Su condición de Dios hacía inmensa la intensidad de la tristeza que sufría al recibir sobre los hombros las injurias y el desprecio de los hombres por Dios. Allí pesaban y abrumaban a Jesús todas las variedades de los pecados, injusticias, impiedades y blasfemias del género humano, proclive al mal. De repente, sucede algo inesperado, inexplicable. En su terrible soledad, Jesús, Dios e hijo de Dios, ve la condenación en el abandono de su Padre. Es la cúspide de su dolor, Dios condenado por amor a los hombres. Jesús siente en su espíritu lo que los condenados en el infierno, al ser rechazados por Dios, el pesar infinito del Bien perdido. Y su amor inmenso por los hombres, traidores a la generosidad de un amante Padre, llevaron su tristeza a tal nivel, que su pobre corazón estalló en un grito espantoso de tristeza y de angustia. Así murió por nosotros.