Señoras y Señores:
En los aleros y patios de esta escuela, se alimentaron varios siglos de la historia de Antioquia; aún están llenos sus tableros con los signos misteriosos de las matemáticas, con la caligrafía elegante de maestras sabias, de maestros legendarios; los salones se llenan con el dulce susurro de los infantes que en el aprendizaje deleitaron su alma. Aquí aprendimos los cantos de alabanza y los de marchas, reconocimos los colores sublimes de nuestra bandera patria y se nutrió nuestra estirpe con las historias raudas, de paladines, de luchadores de causas nobles, de curas que aplastaban las cadenas para redimir hombres libres. Soñamos aquí con literatos extraños, con poetas románticos, con De Greiff y Barba. Cualquier niño, el más campesino y montaraz, aquí declinaba con gracia el latín y ensartaba en ecuaciones las distancias cósmicas, temblaba iluminado con el descubrimiento del átomo y explotaba admirado con la génesis de las plantas. Cuántas veces, aún escucho, entre sueños, el aplauso a las genialidades de Newton, a las interpretaciones de Bach, a la disertación de Mutis, a los desafíos de Rolando; aquí todavía actúa, de tarde en tarde, una compañía de teatro que se honra con la dirección de Goethe, de Sófocles, de Calderón de la Barca en diálogos con Shakespeare; los invito más tarde a un ilustrado debate entre Aristóteles, Santo Tomás de Aquino y el pedante Schopenhauer. Señores míos, siguen inalterables los recitales matutinos de Rimbaud y Baudelaire, de Safo de Lesbos en confrontación con la Mistral. Aquí actúa hoy Adriano: “...anímula, vágula, blándula...” que se recrea en los corredores y las humildes aulas.
Sí, todavía los salones de clase conservan la presencia de Dios. Aletea aquí por doquier, su espíritu que ennoblece a los niños de mi patria. Su semblante es el de un maestro sufrido, el de una mujer venerable que enseña; es el rostro de cualquier niño asombrado con el descubrimiento del universo, con el encanto de la naturaleza, con lo sublime del arte. Aletea Dios en el vuelo veloz de las carreras infantiles, se escucha en sus cantos y sus risas, en los versos tiernos, en sus balbuceos sabios.
Cómo no recordar desde aquí los gobernantes y los mapas que desde las paredes nos miraban, los unos con ejemplo del deber cumplido, los otros con invitación a la conquista. Esos mapas recuerdan montañas y ríos, llanuras interminables, selvas inhóspitas, mares temibles. Allí siguen esperando con sus riquezas que la gloria de la patria los alcance para que nos mejore la vida.
He aquí la imaginación desbordada por el estímulo, contemplad los viajes de Gulliver multiplicados, los cuentos de aquellas hadas que viven impávidas en la espadaña de la iglesia. Oigan a los duendes maléficos de las montañas de Los Cedros, que bajan en aquelarre los viernes de madrugada. ¿No escuchan ustedes las épicas batallas de conquista de imperios y disolución de reinos de 100 siglos de historia?. Y los mitos y las realidades. Y la imaginación fecunda. Y el descubrimiento del rayo en una cometa y de la luz en una lámpara votiva y la declaración de guerra y la oración bautismal o el responso? todo, en claro desorden y por oleadas, aparece y desaparece desde el sombrero de mago del maestro que nos muestra el conocimiento racional o la ilusión imaginativa.
Trasládense conmigo niños a la Roma de César, o de Borgia; vengan conmigo, de mi mano, en orden sí, a la Babilonia de Semíramis, hembra enamorada y nada non casta. Vengan, rápido, empezó una batalla entre Aníbal y el tal Publio Escipión. Si se afanan, verán declamar a Eurípides en el Ágora. Esperen, esperen que Aquiles ha retado a duelo a Paris y las bastoneras son princesas del olimpo, diosas vengativas que sumirán al mundo en horrorosa guerra; recen un poco y prepárense para contemplar, con lágrimas y respeto, la crucifixión de Dios; no, no lloren que mañana resucita. Por buen comportamiento, los llevaremos de viaje con Colón y si lo prefieren irán a la grupa del Cid, o de Atila, los más rapaces.
Perdonadme que en esta tarde las elucubraciones y los recuerdos empañen mi pensamiento que debiera ser para vosotros de asuntos de Estado, de cosas serias de políticos ilustres, de temas de gobernantes, cosas más importantes. Pero, qué será más importante que los recuerdos de un niño descalzo que se asoma al infinito con respeto. Perdonadme, os ruego, pero este recinto para mí es sublime, es muy sagrado.
Ha sonado la campana. Ha terminado la clase y nos espera el duro trabajo de la vida. La vida que se abre ante nosotros y que desde esta escuela nutre la patria. Porque el reconocimiento que me hacen ustedes, a los que amo y en donde estarán por siempre mis raíces, no es para mí, sino para estas escuelas de mi tierra colombiana, de mi patria antioqueña, donde se nutre no sólo el conocimiento, mas también la estructura del Estado, donde hoy con humildad los represento.
Muchas Gracias.