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El río Magdalena fue descubierto
por Rodrigo de Bastidas en 1501 y los nativos que transitaban por
él lo denominaron Yuma, que significa río amigo.
En sus orillas los aborígenes realizaban interminables ferias
que tenían como epicentro el puerto de Tora, en su atracadero
había permanentemente Piraguas, cerca fluía el río
Opón, en donde se encontraban dos enramadas que servían
como los terminales para los cargueros chibchas.
Por el Yuma, por los caminos de la sal y las mantas que encaramaban
las altas montañas muiscas, subieron los conquistadores españoles
y el río creció como nunca, dando inicio a una nueva
época comenzó. Tora se transformaba en Barrancabermeja,
el Yuma en el Magdalena y detrás de los altos se funda Bogotá.
Encandilados por el espejismo del Dorado, un tropel de gentes sube
sin descanso; los españoles se mudan al Nuevo Reino de Granada
y viene un gran trasteo de mercancías y animales; al tiempo
que se comienzan a fundar caseríos en las laderas del Magdalena.
De igual forma, la necesidad de llevar el oro a España hizo
que todo fuera confluyendo hacia el río Cauca y el Magdalena.
De allí la importancia que cobró Mompox como centro
de almacenamiento y de despacho del oro de Occidente hacia Cartagena.
Cartagena por su parte fue convertida por los españoles en
la puerta llave de Sudamérica, porque dentro de su lógica
imperialista era necesario tener un control absoluto de lo que entraba
y salía del reino. Por esta razón había que
comunicar a Cartagena con el río Magdalena y para hacerlo
sólo se disponía de mulas y arrieros.
En el siglo XVI, uno de los dueños de las barrancas que servían
de almacén y de posada en el trayecto, descubrió una
ciénaga que unía a Cartagena con el río. En
1649 un Gobernador español decide dragarla y canalizarla,
lo cual hizo con ingenieros españoles y dos mil obreros en
seis meses. Éste sería el canal del Dique, que sufrió
privatizaciones, combates con los arrieros y sequías, por
lo cual se convertiría durante la Colonia en un sistema mixto.
Bolívar lo rescató del olvido en 1823, pero fue Rafael
Núñez, por medio de un contrato con una firma americana,
quien le dio unos años de vida y esplendor durante el siglo
XIX. En el siglo XX se cambió el canal del Dique por un ferrocarril,
y solamente después de 1932 vuelve a utilizarse en forma
importante.
Viajar por el río Magdalena era una hazañosa aventura
para los audaces comerciantes que se atrevían a hacerlo,
se necesitaba entereza para permanecer dos meses desde Honda, metidos
en un champán, al arbitrio de los bogas y acechados por tigres
y caimanes.
Posteriormente se impulsó la navegación a vapor, se
introdujeron aproximadamente 150 embarcaciones de este tipo al país,
de los cuales navegaron 69, destacándose el Atlántico,
Sincerín, Naviera I, Turbay, Cisneros, Catatumbo y el David
Arango, entre otros.
El transporte fluvial mecánico se desarrolló ampliamente,
a pesar de algunas dificultades que se presentaban en la navegación,
la cual era subsidiada por el Estado. Las contingencias del río
resultaban casi insalvables por la falta de experiencia en el manejo
de los barcos y las pocas facilidades para su mantenimiento y arreglo.
Numerosos barcos naufragaron por choques contra peñones,
o por la ruptura de sus cascos de hierro, explosiones, colisiones
e incendios.
De 1850 a 1950 se introdujeron en la navegación grandes planchones,
impuestos por el crecimiento del comercio exterior. Los barcos estaban
clasificados en expresos, de carga, cabotaje y ganaderos. Los años
40 fue la época espléndida del río, donde más
de 100 barcos transcurrían por sus aguas.
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